Hace un tiempo leí sobre el concepto del “rollo de canela” y algo en mí cambió.

La idea viene de la cultura escandinava: un rollo de canela no es perfecto, no tiene forma simétrica, no entra en ningún molde estándar. Es irregular, un poco catico en su espiral, relleno de cosas buenas que a veces se desbordan. Y justamente por eso es tan reconfortante.

Me pareció una metáfora perfecta para hablar de autenticidad.

Vivimos en una cultura que premia la perfección visual. El perfil pulido, la vida curada, la versión editada de uno mismo. Y en ese proceso, muchas veces dejamos afuera lo más rico: las contradicciones, las dudas, el proceso, la humanidad.

Ser un rollo de canela es:
– Mostrar el proceso, no solo el resultado
– Decir “no sé” sin avergüenzarte
– Tener bordes irregulares y no disculparte por eso
– Ser genuinamente vos, incluso cuando no es lo más Instagram-able

En el liderazgo, esto importa más de lo que creemos.

Los líderes que más impacto generan no son los que parecen tenerlo todo resuelto. Son los que se muestran humanos, que admiten errores, que preguntan, que aprenden en voz alta.

La vulnerabilidad bien gestionada no debilita. Conecta.

Empecé a practicar esto y, aunque a veces incomoda, también es enormemente liberador. Porque cuando dejás de pretender ser una torta perfectamente decorada, te das permiso de ser lo que realmente sos: algo hecho con cuidado, con calor, con historia.

Y eso, como cualquier buen rollo de canela, vale la pena.

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