Hay una pregunta que me persigue hace tiempo y que, cuanto más trabajo con equipos y organizaciones, más urgente se vuelve:

¿Por qué hacemos tan mal las conversaciones difíciles?

No me refiero solo a los conflictos interpersonales. Me refiero a esas conversaciones que todos saben que hay que tener y nadie tiene. Las que se posponen, se evitan, se disfrazan de reuniones de “feedback” que terminan siendo nada.

Pienso en el líder que sabe que alguien de su equipo no está funcionando bien, pero no lo dice claramente porque no quiere incomodar.

Pienso en el equipo que ve un problema sistémico pero calla porque “no es su lugar” decirlo.

Pienso en la persona que recibe una tarea que no tiene sentido pero asiente porque así es más fácil.

Esas no son conversaciones. Son silencios disfrazados de conversaciones.

Y los silencios cuestan. Cuestan en tiempo, en energía, en confianza, en resultados.

¿Qué hace que una conversación difícil sea buena?

No se trata de ser valiente o atrevida. Se trata de estar preparada.

Preparada con claridad: saber qué querés decir, por qué importa y qué resultado buscás.

Preparada con contexto: elegir el momento y el lugar adecuados. Una conversación difícil en el pasillo entre reuniones no es una conversación, es una bomba.

Preparada con escucha: estar dispuesta a que el otro también tenga razón, o parte de ella.

Preparada para la incomodidad: porque las conversaciones que cambian las cosas rara vez se sienten bien en el momento.

El liderazgo que evita la incomodidad no cuida. Abandona.

Cuidar a un equipo implica decirle lo que necesita escuchar, no lo que quiere escuchar. Con respeto, con empatía, con propósito.

Las conversaciones difíciles bien hechas no rompen vínculos. Los construyen.

¿Tenés alguna pendiente?

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