Hay algo que nadie te prepara para aceptar del todo: que el tiempo pasa, que el cuerpo cambia, que las prioridades se mueven, y que vos también sos distinta a la que eras.

No es una crisis. Es una transformación.

Durante mucho tiempo asocié el paso del tiempo con pérdida. Menos energía, menos ligereza, menos opciones abiertas. Pero en algún punto, sin que pudiera marcar exactamente cuándo, empecé a verlo diferente.

El tiempo que pasó también trajo cosas: claridad sobre lo que importa, menos paciencia para lo que no vale la pena, más capacidad para estar presente, más criterio para elegir.

Aceptar el paso del tiempo no es resignarse. Es reconocer que cada etapa tiene su propio valor, su propia belleza, su propio poder.

Lo que aprendí en este proceso:

No todo tiene que durar para haber valido. Hay vínculos, proyectos, versiones de vos misma, que fueron perfectas para ese momento. Dejarlos ir no es fracasar.

El cuerpo no es el enemigo. Es el compañero. Y merece cuidado, no castigo.

Compararse con quién eras a los 25 es una trampa. Esa persona no tenía lo que tenés hoy.

La maduración es un proceso activo, no pasivo. Podés elegir cómo envejecer, con qué actitud, con qué valores, con qué presencia.

Estar bien con una misma es el trabajo más importante. Y nunca termina.

Hoy elijo verme con los ojos con los que miro a las personas que amo: con compasión, con paciencia, con gratitud por lo que son y no solo por lo que hacen.

Aceptar el tiempo que pasó es, en el fondo, aceptarme. Y eso, te lo juro, se siente como libertad.

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